
De repente, y como es común en la Ciudad de México, la luz se fue. Aproveche el momento para ir al baño y me dedique a ojear una revista sobre música cuya edición fue especial sobre Pink Floyd, banda de la cual me declaro su admirador. Cuando revisaba las críticas a los álbumes, detecte cierta pedantería por parte del crítico al referirse a Roger Waters, lo cual no me importó, pero que me hizo recordar una plática sobre Tarantino que tuve en esa misma tarde lluviosa con mi amigo Germán (ese es su nombre). En la plática, ambos coincidíamos que la película “Bastardos sin Gloría” quizás no es la mejor de Tarantino, pero que definitivamente era magnífica; no obstante, Germán me comentó que al ver esa película, sintió un trabajo de producción en extremo cuidado, pero sumamente artificial y repleto de elementos prestados de otras obras. Yo no secunde precisamente esa hipótesis: le respondí que el trabajo de Tarantino iba más allá de la producción, que él (Tarantino) lograba sacar lo mejor de los elementos con los que trabaja para presentar un producto de gran calidad y lleno de detalles que muchas veces se escapan de la vista de muchos espectadores que no se toman el tiempo de mirar con lupa su trabajo. Mi mente regresa al baño y me dispongo a leer la crítica al álbum “Animals”, en donde mencionan como Roger Waters se basó en la obra “La Granja” de George Orwell. Mi mirada se centra en una imagen representativa a la portada del álbum, pero en ese momento regresó la luz y me decidí dejar la revista de lado para continuar con la película.
Enciendo la televisión y continúo desde el punto en donde me quede de la cinta. De nuevo dejo de prestar atención a la cinta para empezar a imaginar el momento en el que escribo estas líneas, y como, por alguna razón, se tienen viajes fugaces al pasado, presente y futuro que duran apenas un momento, que me hacen sentir, cómo lo menciona la cartera en el penúltimo fragmento de “París te Amo”, vivo.